Del maguey al Metro: la generación que convirtió a Ciudad Sahagún en un gigante industrial de México

Por: Alberto Carrasco Cedillo

Campesinos, tlachiqueros, peones y albañiles del Altiplano cambiaron el campo por las fábricas. De sus manos salieron camiones, vagones y, en 1975, el primer tren del Metro fabricado en México. Esta es también la historia de nuestros padres y abuelos.

Hubo un tiempo en el Altiplano hidalguense en el que la vida transcurría entre sembradíos, haciendas y extensos campos de maguey.

Muchos hombres de la región conocían bien el trabajo de la tierra. Sembraban maíz, laboraban como peones o extraían aguamiel de los magueyes. Algunos eran tlachiqueros y probablemente nunca imaginaron que, pocos años después, sus manos terminarían ensamblando vehículos, soldando enormes estructuras de acero o fabricando trenes.

Pero a principios de la década de 1950 algo comenzó a cambiar para siempre el paisaje de esta parte de Hidalgo.

En terrenos entonces rurales del Valle de Irolo empezó a levantarse uno de los proyectos industriales más ambiciosos del México del siglo XX.

Había nacido Ciudad Sahagún.

Una ciudad que tuvo que construirse alrededor de las fábricas

La industrialización llegó primero.

Diesel Nacional, mejor conocida como DINA, se instaló en la zona y en abril de 1952 surgió la Constructora Nacional de Carros de Ferrocarril. Después se sumaría Toyoda de México, que más tarde se transformaría en Siderúrgica Nacional.

La intención era desarrollar en el Altiplano un nuevo polo industrial dedicado principalmente a fabricar los vehículos y equipos de transporte que México necesitaba.

El lugar, sin embargo, tenía un problema: prácticamente no existía la infraestructura urbana necesaria para recibir a miles de trabajadores, técnicos e ingenieros.

La solución fue extraordinaria.

Había que construir una ciudad.

Así comenzó a tomar forma Ciudad Sahagún, no solamente como zona industrial, sino como un espacio pensado para albergar a quienes trabajarían en aquellas enormes fábricas. Llegaron viviendas, escuelas, servicios, espacios deportivos y culturales y nuevas colonias alrededor de un complejo que transformaría la economía de toda la región.

Pero las fábricas necesitaban algo todavía más importante: trabajadores.

Y muchos estaban justo ahí, en los pueblos del Altiplano.

Del acocote al overol

Investigaciones sobre la migración que provocó la industrialización de Sahagún documentan una transformación que hoy resulta difícil imaginar.

Una parte importante de los primeros trabajadores procedía de comunidades rurales ubicadas a unos cuantos kilómetros de las nuevas fábricas. Eran hombres acostumbrados a sembrar maíz, trabajar como peones o extraer pulque.

Durante la construcción de las plantas, muchos encontraron empleo como peones y albañiles.

Cuando las fábricas comenzaron a producir, varios de ellos cruzaron nuevamente aquellas puertas, pero ahora para convertirse en obreros.

Entre las poblaciones de origen aparecen Tepeapulco, Apan, Tlanalapa y Emiliano Zapata, además de comunidades de Hidalgo y Tlaxcala.

Y el cambio no ocurrió de un día para otro.

La investigación señala algo particularmente revelador: había trabajadores que durante la semana acudían a las fábricas de Sahagún y, al terminar su turno, durante sus días de descanso o los fines de semana, regresaban a trabajar sus tierras.

Eran campesinos y obreros al mismo tiempo.

Hombres que podían pasar de las labores agrícolas a una línea de producción; del maguey al acero; del acocote a las herramientas industriales.

La transición fue tan representativa de aquella época que quedó plasmada desde 1958 en el mural El Nacimiento de Ciudad Sahagún, de Roberto Cueva del Río: entre los personajes aparece un trabajador que porta un machete y lo que parece ser un acocote, como símbolo del hombre que dejó las faenas agrícolas para incorporarse a la industria.

Roberto Cueva del Río, Muralismo Mexicano, Ciudad Sahagún.
Sahagún comenzó a fabricar para todo México

Aquella generación tuvo que aprender.

A Ciudad Sahagún también llegaron soldadores, torneros, electricistas, mecánicos, ingenieros y técnicos de diferentes partes del país. Incluso hubo especialistas extranjeros encargados de instalar maquinaria, interpretar planos y transferir conocimientos a los trabajadores mexicanos.

Con los años, las plantas comenzaron a desarrollar capacidades propias.

DINA se convirtió en un referente de la fabricación de camiones y autobuses, mientras que la Constructora Nacional de Carros de Ferrocarril desarrolló una industria ferroviaria que llegaría mucho más lejos de Hidalgo.

Y entonces ocurrió uno de los episodios que mejor dimensionan lo que se estaba haciendo en Ciudad Sahagún.

El día que de Sahagún salió un tren para el Metro

El 16 de diciembre de 1975, dentro de la planta de la Constructora Nacional de Carros de Ferrocarril, fue entregado formalmente el primer tren del Metro fabricado en México.

Era un NM-73A de nueve carros.

Ya no se trataba solamente de construir furgones ferroviarios.

Desde una ciudad nacida entre campos de maguey en el Altiplano hidalguense se estaba fabricando tecnología destinada a transportar diariamente a miles de personas en una de las ciudades más grandes del mundo.

El programa había comenzado en 1973 y, de acuerdo con documentos oficiales del Sistema de Transporte Colectivo, para 1987 la producción de CONCARRIL había alcanzado 1,371 carros para el Metro, mientras la integración de componentes nacionales fue aumentando progresivamente. La experiencia desarrollada en Sahagún también permitió producir unidades para los sistemas de transporte de Guadalajara y Monterrey.

El propio Metro de la Ciudad de México identifica todavía a CONCARRIL como fabricante mexicano de la familia NM-73.

Metro: NM-73AEl NM-73 (Neumático Mexicano 1973)
Más que fábricas, una generación

Por eso la historia de Ciudad Sahagún no puede contarse únicamente enumerando empresas.

Su verdadera historia también está en las familias.

En aquellos jóvenes que dejaron comunidades rurales para aprender un oficio; en quienes comenzaron como albañiles levantando las fábricas y después entraron a trabajar dentro de ellas; en los obreros que regresaban al campo cuando terminaba su turno y en los hijos que crecieron viendo salir a sus padres de casa con el overol puesto.

Durante aproximadamente tres décadas, el proyecto industrial significó empleos, servicios urbanos, escuelas y espacios deportivos y culturales para una ciudad que estaba aprendiendo a crecer al mismo tiempo que sus fábricas.

Muchas cosas han cambiado desde entonces.

Las empresas cambiaron de nombre, algunas desaparecieron y otras transformaron sus operaciones. También cambiaron las generaciones que diariamente atraviesan los accesos de la zona industrial.

Pero hay algo que permanece.

Antes de los enormes complejos industriales, aquí hubo campos.

Y antes de los técnicos especializados hubo campesinos, peones, albañiles y tlachiqueros que se atrevieron a aprender una forma completamente distinta de trabajar.

Ellos no solamente construyeron camiones y trenes.

También construyeron Ciudad Sahagún.

Y cada vez que se recuerda aquella época de fábricas llenas, overoles, turnos y enormes estructuras de acero, se recuerda también a una generación del Altiplano que pasó del maguey al torno y terminó demostrando que desde esta región de Hidalgo se podía fabricar para todo México.

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