Por: Alberto Carrasco Cedillo
Mucho antes de que su nombre apareciera en galerías de Europa o en los muros de universidades mexicanas, José Hernández Delgadillo era un niño que corría por los campos de Tepeapulco.
Nació en 1927, en una región que todavía conservaba las huellas de la Revolución Mexicana. Su historia familiar parecía sacada de una novela: su padre había sido llevado por fuerzas aliadas al zapatismo durante los años de la lucha armada, mientras que la familia de su madre había perdido una hacienda tras los cambios que transformaron al país.
En aquella antigua casona donde pasó sus primeros años de vida había algo que marcaría para siempre su destino: los murales.
Años después recordaría aquellas pinturas que decoraban la propiedad familiar. También recordaría otras imágenes que le provocaban una profunda impresión: escenas donde los peones aparecían dibujados más pequeños que los hacendados, como si valieran menos.

De Tepeapulco a la Ciudad de México
A los 13 años dejó Hidalgo para trasladarse a la Ciudad de México.
Allí comenzó a estudiar pintura y encontró una vocación que lo acompañaría toda la vida.
Tomó clases con Antonio Navarrete Tejero y posteriormente ingresó a la Escuela Nacional de Pintura La Esmeralda, uno de los centros de formación artística más importantes del país.
Mientras estudiaba también trabajó en diseño arquitectónico y desarrolló una sólida formación técnica.
Su primera exposición individual llegó en 1954 y pocos años después realizaría su primer mural en la Escuela Primaria Belisario Domínguez de la Ciudad de México.
Era apenas el comienzo.

El artista mexicano que conquistó Europa
En 1961 ocurrió un hecho que cambiaría su trayectoria.
José Hernández Delgadillo obtuvo el Premio de la Segunda Bienal Internacional de París para Jóvenes Pintores, considerado en aquel momento uno de los reconocimientos más importantes del mundo para artistas emergentes.
De pronto, aquel joven originario de Tepeapulco pasó a ocupar un lugar destacado en el panorama artístico internacional.
Su obra comenzó a exhibirse en ciudades como París, Niza, Lyon, Marsella, Burdeos, Bruselas y Madrid.
Incluso el Museo de Arte Moderno de París adquirió una de sus piezas.
Lo que para muchos artistas habría representado la consolidación de una carrera dentro de galerías y museos, para Hernández Delgadillo significó una oportunidad para replantear el papel del arte en la sociedad.

El muralista que eligió pintar para la gente
A finales de los años sesenta tomó una decisión poco común.
En lugar de concentrarse únicamente en el circuito artístico, comenzó a desarrollar un muralismo profundamente ligado a las causas sociales.
Sus murales dejaron de ser simples obras decorativas.
Se convirtieron en herramientas de reflexión, denuncia y participación colectiva.
A diferencia del muralismo tradicional, muchas de sus obras eran creadas en espacios públicos mientras estudiantes, obreros, campesinos y vecinos observaban el proceso e incluso participaban en él.
Para Hernández Delgadillo, el arte no debía permanecer encerrado entre cuatro paredes.
Debía convivir con la sociedad.
Esa visión lo llevó a realizar cerca de 170 murales a lo largo de su vida.

Los muros donde permanece su legado
Su trabajo puede encontrarse en universidades, escuelas y espacios públicos de distintos estados de la República.
Muchas de sus obras abordaron temas relacionados con la justicia social, la defensa de los derechos humanos, la organización popular, la educación y la libertad.
Mientras otros artistas buscaban retratar héroes o acontecimientos históricos, Hernández Delgadillo colocó en el centro de sus composiciones a trabajadores, estudiantes, campesinos y comunidades enteras.
Su muralismo no buscaba únicamente embellecer un espacio.
Buscaba generar diálogo.
Buscaba hacer pensar.
Buscaba recordar que detrás de los grandes procesos históricos existen personas comunes que también construyen el destino de una nación.

El legado de un tepeapulquense excepcional
José Hernández Delgadillo falleció el 26 de diciembre del año 2000.
Para entonces había construido una trayectoria artística extraordinaria y una de las obras muralísticas más extensas del México contemporáneo.
Sin embargo, más de dos décadas después de su muerte, su nombre sigue siendo poco conocido incluso en la tierra que lo vio nacer.
Y quizá esa sea la pregunta que vale la pena plantearnos.
¿Cómo es posible que uno de los muralistas mexicanos más importantes del siglo XX naciera en Tepeapulco y que muchos habitantes de la región nunca hayan escuchado hablar de él?
Tal vez la respuesta esté en los mismos paisajes que marcaron su infancia.
Porque antes de exponer en Europa, antes de recibir premios internacionales y antes de pintar cientos de murales, José Hernández Delgadillo fue un niño del Altiplano hidalguense.
Un niño que observó los campos de maguey, escuchó las historias de la Revolución, convivió con la gente trabajadora de su tierra y encontró en ellas la inspiración para dedicar toda su vida al arte.
Y en cada mural que dejó a lo largo del país, de alguna manera, también dejó una parte de Tepeapulco.
Fotografías tomadas de: https://delgadillo-presente.uacm.edu.mx/Trayectoria_3




























