La obra de Roberto Cueva del RĂo resguarda en una sola composiciĂłn la herencia tolteca, el legado franciscano, la tradiciĂłn pulquera y el auge industrial que transformaron para siempre al Altiplano hidalguense.
Por: Alberto Carrasco Cedillo
Pocos habitantes del Altiplano hidalguense saben que dentro de la Escuela Primaria Fray Bernardino de SahagĂșn se encuentra una de las obras muralistas mĂĄs importantes de la regiĂłn. Se trata de âEl Nacimiento de Ciudad SahagĂșnâ, una impresionante obra realizada en 1958 por el muralista poblano Roberto Cueva del RĂo, considerado por muchos como uno de los Ășltimos grandes exponentes del muralismo mexicano.
Mås que una pintura, este mural es una ventana a una época en la que Hidalgo y México soñaban con el futuro.
Cuando el Altiplano fue elegido para transformar al paĂs
Para entender la obra hay que remontarse a principios de la dĂ©cada de 1950. Durante el gobierno del presidente Miguel AlemĂĄn ValdĂ©s surgiĂł un proyecto que buscaba impulsar la industrializaciĂłn nacional y modernizar al paĂs.
El entonces gobernador de Hidalgo, QuintĂn Rueda VillagrĂĄn, logrĂł que el proyecto se instalara en el Valle de Irolo, territorio que hoy forma parte del municipio de Tepeapulco. La decisiĂłn no fue casual: la regiĂłn contaba con vĂas fĂ©rreas, energĂa elĂ©ctrica, abundantes mantos acuĂferos y una ubicaciĂłn estratĂ©gica en el centro del paĂs.
Pero existĂa una razĂłn aĂșn mĂĄs importante: se buscaba ofrecer nuevas oportunidades a una poblaciĂłn que durante generaciones habĂa dependido del trabajo en las haciendas pulqueras.
AsĂ naciĂł Ciudad SahagĂșn.
A partir de 1952 comenzaron a operar tres grandes industrias nacionales que marcarĂan el destino de miles de familias:
- Constructora Nacional de Carros de Ferrocarril (CNCF)
- SiderĂșrgica Nacional (SIDENA)
- Diesel Nacional (DINA)
Junto con las fĂĄbricas naciĂł una ciudad planeada para los trabajadores, con escuelas, centros deportivos, espacios culturales, servicios pĂșblicos y viviendas. Durante dĂ©cadas, Ciudad SahagĂșn se convirtiĂł en uno de los polos industriales mĂĄs importantes de MĂ©xico y en sĂmbolo del desarrollo nacional.
Ese momento histĂłrico quedĂł inmortalizado en un mural.

Un recorrido por la historia del Altiplano pintada en una pared
La obra fue instalada en el cubo de la escalera de la Primaria Fray Bernardino de SahagĂșn y permanece ahĂ hasta nuestros dĂas.
Cada elemento tiene un significado.
En la parte superior izquierda aparece la cabeza de uno de los Atlantes de Tula junto a la imagen de QuetzalcĂłatl. Ambos sĂmbolos recuerdan la grandeza del pasado tolteca y las raĂces prehispĂĄnicas que dieron identidad a esta regiĂłn mucho antes de la llegada de los españoles.
Al lado se observa una enorme estructura mecĂĄnica semejante a una mano hidrĂĄulica. No es casualidad. Representa la fuerza de la industria metalmecĂĄnica que dio origen a Ciudad SahagĂșn y que transformĂł para siempre la vida econĂłmica del Altiplano.
Del lado derecho aparece Fray Bernardino de SahagĂșn escribiendo sus manuscritos. DetrĂĄs de Ă©l puede observarse el ex convento franciscano de Tepeapulco, lugar donde realizĂł investigaciones fundamentales sobre los pueblos indĂgenas que siglos despuĂ©s lo convertirĂan en una de las figuras mĂĄs importantes de la historia de la antropologĂa.
Pero hay un detalle que conecta directamente a varios municipios de la regiĂłn y que pocas personas conocen.
Detrås del fraile aparece representado el antiguo acueducto construido por los franciscanos para llevar agua desde la comunidad de Alcantarillas, hoy perteneciente al municipio de Apan, hasta Tepeapulco. Esta obra hidråulica antecede incluso al célebre Acueducto del Padre Tembleque y forma parte de un legado histórico pocas veces reconocido.
Separando el pasado del presente aparecen los cerros Xihuingo y Santana, guardianes naturales del Altiplano, como si fueran testigos silenciosos del paso de los siglos.
La ciudad soñada
En el centro de la composiciĂłn aparece Ciudad SahagĂșn.
No la ciudad actual, sino la ciudad original concebida por los arquitectos Carlos Lazo y Teodoro GonzĂĄlez de LeĂłn.
Desde una vista panorĂĄmica pueden apreciarse las colonias fundacionales, los edificios pĂșblicos, las escuelas, las ĂĄreas recreativas y la infraestructura que hizo de SahagĂșn una ciudad modelo para MĂ©xico.
Sobre ella se extienden enormes raĂces rojizas que parecen venas conectando el cielo con la tierra.
Tal vez representan la vida misma.
Las raĂces de una regiĂłn que alimenta su futuro sin olvidar su pasado.
Los verdaderos protagonistas
Sin embargo, el corazĂłn del mural no son las fĂĄbricas ni los edificios.
Son las personas.
En la parte inferior aparecen ingenieros revisando planos, trabajadores industriales, estudiantes, maestros, deportistas y familias enteras.
Un obrero y su esposa levantan a un niño pequeño para que contemple la ciudad. La escena parece simbolizar la esperanza de una nueva generaciĂłn que crecerĂa en un entorno de oportunidades.
TambiĂ©n aparece una mujer con una raqueta de tenis, un basquetbolista, estudiantes con libros y un trabajador que porta un machete y un acocote, recordando el pasado agrĂcola y pulquero de la regiĂłn.
MĂĄs abajo, en una zona difĂcil de observar debido a la reja protectora, se descubren otros detalles fascinantes.
Una pareja canta y toca la guitarra. Dos hombres manipulan un autobĂșs a escala que podrĂa representar los vehĂculos fabricados en la ciudad. TambiĂ©n aparecen piezas mecĂĄnicas relacionadas con la actividad industrial de la Ă©poca.
Al centro de esta escena cotidiana se encuentra una familia reunida alrededor de una televisiĂłn. En la pantalla puede leerse el tĂtulo de la obra:
âNacimiento de la ciudad industrial de SahagĂșn, Hgo. 1952â.
Es quizĂĄ el detalle mĂĄs simbĂłlico de todo el mural: una familia observando el nacimiento de su propia historia.
Finalmente, en la parte inferior derecha, sobre una penca de maguey, puede apreciarse la firma del artista:
R. Cueva del RĂo, 1958.
Un tesoro escondido en el Altiplano
Miles de personas han pasado frente a este mural durante décadas sin conocer todo lo que cuenta.
La obra reĂșne en una sola imagen la herencia tolteca, la labor franciscana en Tepeapulco, la importancia histĂłrica de Apan, el auge industrial de Ciudad SahagĂșn y los sueños de progreso de toda una generaciĂłn.
Es, probablemente, uno de los relatos visuales mĂĄs completos sobre la identidad del Altiplano hidalguense.
Y permanece ahĂ, silencioso, observando el paso de los años desde una escuela primaria.
Esperando que mĂĄs personas descubran que, en sus colores y figuras, no sĂłlo estĂĄ pintada la historia de Ciudad SahagĂșn.
EstĂĄ pintada la historia de todos nosotros.



