Por: Alberto Carrasco
Cada mañana, en muchas calles de las principales localidades del altiplano hidalguense, se repite una escena que hace apenas unos años era poco común.
Una bicicleta eléctrica de tres ruedas avanza lentamente por la calle. En la parte trasera, dos niños con mochilas; quizá rumbo a la escuela. En otra esquina, alguien transporta fruta, el mandado o algunas cajas en una canastilla metálica.
No es raro verlas ya. Al contrario: cada vez son más.
Las bicicletas eléctricas llegaron como una alternativa interesante de movilidad. Son silenciosas, económicas y, en teoría, más amigables con el medio ambiente. Para muchas familias representan una solución práctica: permiten trasladar a los hijos, hacer compras o recorrer distancias cortas sin depender del transporte público o del automóvil.
Pero algo está cambiando.
Las nuevas bicicletas eléctricas ya no siempre se parecen a una bicicleta tradicional. Algunas son más grandes, más pesadas y con estructuras que recuerdan más a un pequeño triciclo de carga. Y en la práctica, muchas veces terminan ocupando un carril completo de circulación.
Ahí es donde comienza el problema.
Avanzan a baja velocidad en calles donde circulan autos y motocicletas; con frecuencia no cuentan con luces, direccionales ni señalización para indicar que van a detenerse. Tampoco es común ver a los conductores usando casco. Para quienes comparten la vialidad, la sensación es una mezcla incómoda entre fragilidad y riesgo.
No se trata de señalar a quienes las utilizan. Al contrario: muchas de estas bicicletas se han convertido en una herramienta cotidiana para la vida diaria. Sirven para llevar a los hijos a la escuela, para trabajar o para resolver trayectos cortos dentro de la ciudad.
El problema no es la intención. El problema es el vacío.
En México, el crecimiento de la llamada micromovilidad eléctrica —bicicletas, scooters y vehículos similares— ya ha abierto debates en varias ciudades sobre cómo regular su uso, establecer límites de velocidad y exigir medidas básicas de seguridad cuando estos vehículos comparten la vía con automóviles.
Porque la realidad es simple: cuando un vehículo circula por las mismas calles que autos y motocicletas, necesita reglas claras.
En el altiplano hidalguense, mientras tanto, estas bicicletas se multiplican sin que exista todavía una conversación pública sobre su uso responsable.
Tal vez el momento ha llegado.
No para prohibirlas. No para estigmatizar a quienes las utilizan. Pero sí para abrir un debate necesario:
¿Dónde deben circular?
¿Necesitan equipo de seguridad?
¿Deben tener algún tipo de regulación cuando ya ocupan un carril completo?
La movilidad está cambiando frente a nosotros. Y cuando eso ocurre, lo peor que podemos hacer es ignorarlo.
Porque cuando las reglas no existen, el riesgo siempre termina ocupando su lugar.
Y usted ¿qué opina?




